“Lamentablemente nos tocó vivir en carne propia la maldad que hay en este mundo”, lamenta el padre de José Emmanuel, para añadir al instante, con una voz tensa que se aferra a no romperse: “Pero gracias por todo lo bonito”.
Jofiel Domínguez Rosas
La alegría que niñas y niños esparcen en el jardín de la Capilla de “Jesús Sumo y Eterno Sacerdote”, ubicada al noreste de San Cristóbal de las Casas, se detiene por un instante, cuando sus madres les piden que guarden silencio, por lo menos, mientras el sacerdote se acerca al cuerpo del pequeño José Emmanuel, hacia el final de la misa previa a su entierro.
El pasado viernes 18 de septiembre, mientras se realizaban actividades deportivas en una cancha de futbol en la colonia Las Granjas, en el norte de Tuxtla Gutiérrez, Emmanuel recibió una bala perdida en la cabeza.
Tras un par de días en los que se debatió entre la vida y al muerte, cercanos al menor informaron de su deceso el 24 de septiembre. En ese momento, uno de sus entrenadores de fútbol escribió lo siguiente:
“No, guerrero, tú no fallaste, te fallamos nosotros, te fallamos porque no estábamos unidos, te fallamos porque no levantamos la voz por miedo a represalias cuando vemos delitos”.
En el lugar fallecieron dos personas más. Hasta el momento, por lo hechos, se han detenido a 34 personas, según ha informado el Gabinete de Seguridad. Por su parte, Óscar Alberto Aparicio Avendaño, secretario de Seguridad del Pueblo, declaró que todos los arrestados están implicados en narcomenudeo.
“Tanto el que manejó la moto, como el que hizo los disparos, hay también el que halconeó, el que supervisó, el que ordenó también este artero crimen” señaló Aparicio, quien, en esa misma entrevista, rodeado de cámaras y elementos de seguridad, se apresura a nombrar sus logros: “porque pareciera que por un hecho aislado ya no hay seguridad”.

Palabras del padre
“Vamos a escuchar al papá del niño, que quiere dar una palabra” menciona el sacerdote en un punto de la liturgia, que se desarrolla en una capilla de madera y techo de aluminio, tapizada de carteles dónde se invita a que las infancias asistan a la escuela pastoral.
“Lamentablemente tocó vivir en carne propia la maldad que hay en este mundo” dice el padre de José Emmanuel. “Pero gracias por todo lo bonito” agrega al instante, con una voz tensa, aferrada a no romperse conforme continúa su discurso.

“No hay nombre para lo que estamos sintiendo porque no, no soy huérfano, no estoy enviudando, estoy sintiendo un dolor que no creo que me vaya a quitar, pero tengo que aprender a vivir con ello”.
A lado del padre hay una foto de José Emanuel, vestido con una camisa azul y de líneas rojas. Al pie del marco descansa una vela y un pequeño peluche de lobo, en posición de aquel canino que espera a que llegue su dueño.
“Lo que les puedo decir ahora es que, si tienen a sus pequeños, abrácenlos mucho, quiéranlos mucho, crézcanlos bien, edúquenlos, incúlquenles buenos valores” exhorta el padre frente al cajón de su hijo.
“Por más cansados que estemos, les dediquemos un poquito de tiempo, porque el día de mañana lo vamos a lamentar, vamos a querer, aunque sea, un abracito, un beso de nuestros hijos… Hermanos, yo les invito a que creemos una mejor sociedad. ¿Cómo? Desde nuestros bebés, desde Dios”.
Terminado el servicio religioso, la caravana sale con un nutrido número de personas, la mayoría vestidas de blanco, hacia el panteón de San Cristóbal de Las Casas, ciudad dónde viven sus abuelos y gran parte de su familia.
Un inclemente sol de medio día hace que el cortejo fúnebre se adorne de varias sombrillas, por dónde resalta un globo azul que va hasta el frente.

“Gracias por brindarme tu amistad, siempre vivirás en nuestros corazones, José Emmanuel” se lee en ese globo que acompaña a los familiares hasta llegar a la tumba del menor.
Es ahí donde algunos de los infantes que hace unas horas guardaron silencio por órdenes de sus madres, ahora lo hacen por voluntad propia, observando el féretro de Emmanuel.
“Cómo quisiera que tú vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos” canta la rondalla mientras algunos niños, entre lágrimas y con uniforme de fútbol naranja, pasan a despedirse del menor.

El íntimo círculo de cuerpos que se ha formado alrededor de la tumba es invadido por un aire que mueve, a un mismo ritmo, los arreglos florales que los invitados le tributan a Emmanuel.
Hay varios minutos de silencio hasta que el padre, con la mirada, les señala a los albañiles que pueden proceder. “Gracias, hijo. Gracias, Emmanuel” le dice a su hijo, a quien los presentes le tiran rosas blancas.
A diferencia del cielo brillante con el que salió José Emmanuel de la misa, las últimas canciones que la rondalla canta en su honor suenan bajo un cúmulo de nubes grises. En alguna parte de la ciudad la lluvia cubre el imparable fluir urbano. Pero aquí no. Aquí el abrazo comunitario desacelera el tiempo y su maquinaria.
Aquí, mientras los albañiles cargan cubetas de cemento, se construye una espera. Los músicos detienen el canto. En los rincones algunas mujeres mayores, medio apenadas y a escondidas, destapan unas cervezas. Susurran en medio de miradas dirigidas a la tumba y los familiares que la resguardan.
Llueve en alguna parte de la ciudad. Pero aquí no. Aquí se espera. Se espera por justicia. Porque “¡Justicia!” fue lo que gritó una mujer cuando bajaron el cuerpo de Emmanuel de la carroza fúnebre.




